Quedan pocas horas para la gran noche que conducirá, o no, a Donald Trump a la Casa Blanca. Deseamos de todo corazón que el candidato republicano sea el presidente nº 45 de los EEUU. Su victoria alterará, para bien, los grandes equilibrios del mundo. Tal vez una nueva era en los asuntos mundiales está a punto de empezar, dejando atrás la manera imperialista y dominadora de hacer política de la gran nación norteamericana. Nada está escrito, pero Donald Trump encarna esa esperanza. Detrás de ese caricaturizado flequillo, de esa cara de pocos amigos, de ese lenguaje sin tapujos, está el hombre que puede cambiar el curso de los acontecimientos planetarios durante los próximos años, sentando las bases de una relaciones más justas, sensatas y hasta pacíficas entre las naciones. Por lo menos ésta es la esperanza que ha despertado el hombre de Queens ante millones de personas, en su país y fuera de él.

Obama fue la gran estafa, que se confirmó apenas enfriados los primeros ardores de aquel entusisamo ficticio e imbécil que recorrrió el planeta cuando su elección. Ha sido un muñeco dócil que ha respondido fielmente a la voz de sus amos. No lo echaremos de menos y tal vez ni siquiera sea recordado dentro de poco. Donald Trump si encarna una auténtica y sincera voluntad de cambio. A pesar de sus modos adustos, el hombre respira humanidad por los cuatro costados, no como su competidora, verdadera arpía sedienta de sangre, como lo expresan sus discursos y sus antecedentes.
Trump fue tomado primero por un bufón, burlado por la mayoría del sistema por su lenguaje considerado populista (eso significa que se entiende lo que dice, y lo dice claro). Sin embargo, este exitoso empresario ha eliminado uno tras otro, a pesar de la hostilidad del aparato del Partido Republicano, a todos sus oponentes. A medida que han ido pasando los meses, los grandes medios a sueldo de la oligarquía han dejado de reir tanto. En cuanto no ha quedado duda acerca de la candidatura de Trump a la presidencia, todo el establishment se ha desatado, con una violencia verbal e incluso física nunca antes vista en los EEUU con ocasión de una campaña por unas elecciones presidenciales, procesos tradicionalmente más cerca de una representación festiva del folclóre nacional que de una áspera lucha política sin cuartel.

La novedad de una campaña electoral marcada por la violencia y las amenazas no esconde la evidencia de que en todos los casos ha sido Donal Trump y sus partidarios los que han sido víctimas de agresiones e intentos de sabotaje de sus mitines. Éste ha sabido defenderse y ha respondido a los golpes con contundencia en sus apariciones tanto en actos de campaña como en intervenciones televisivas.

El candidato republicano tiene todo el aparato del Estado contra él y su adversarios disponen de un presupuesto infinitamente superior, gracias entre otras fuentes de financiamiento, a los generosos donativos de los “muy democráticos” países del Golfo, como Arabia Saudita y Qatar, ejemplos y modelos a seguir por las naciones que pretenden caminar por la senda de la democracia, los derechos humanos y el progreso en general. El Partido Demócrata también ha contado con el irrestricto apoyo financiero de todas esas famosas fundaciones dirigidas por gente como Soros, Rothschild y demás elementos del mismo gremio.

De este lado del Atlántico, de manera natural, las élites progresistas y liberales se han puesto del lado de Hillary Clinton, sin hacer ascos a las numerosas salpicaduras que manchan su curriculum y enturbian su reputación. La prensa europea no ha quedado atrás en la machacona campaña para empañar la figura de Trump. Sabemos a qué amos sirve esta prensa y no cabía esperar otra cosa, teniendo en cuenta los continuos ataques de Trump a los grupos de poder ocultos, a los grandes centros de control del establishment que trabajan para la instauración de un Nuevo Orden Mundial.

Esta elección no es una más en la historia de los EEUU. Está en juego la supervivencia de lo que podemos llamar la civilización norteamericana, que Hillary Clinton se apresta a entregar a los musulmanes. Porque el tema del islam está en el corazón mismo del debate de estas elecciones. Trump ha entendido bien el peligro que entraña esas amistades peligrosas, esas relaciones íntimas, que ha anudado gran parte de las élites políticas norteamericanas con las monarquías petroleras de la Península Arábiga.

¿Por qué el establishment norteamericano odia tanto a Trump, al que han pretendido enterrar definitivamente hace apenas 15 días? Simplemente porque durante su campaña Donald ha rehabilitado los temas que los grandes grupos de poder quisieran hacer desaparecer para siempre. Trump se ha atrevido a declamar su amor por su país, su historia, su pueblo. Y se ha atrevido a denunciar a aquellos que han vendido la soberanía de los EEUU a los lobbies financieros sin patria y sin conciencia.

Se ha atrevido a hablar de fronteras, y se ha expresado contra la invasión migratoria proveniente de México y ha prometido hacer construir un muro que haga de barrera a la avalancha de ilegales. Se ha manifestado contra el dumping social y la deslocalización industrial que sufre ciertos sectores de la industria nacional. Ha advertido a los empresarios que piensan dejar los EEUU que está dispuesto a penalizarlos con fuertes impuestos. Ha anunciado las bases de una política proteccionista, al servicio de los obreros norteamericanos. Como suele ser costumbre, resulta que los progresistas de todo pelo (en los EEUU serían los demócratas) son siempre los que menos defienden a la clase trabajadora. Se atreve a atacar de frente a la inmigración musulmana, fuente de problemas y conflictos de todo tipo. Y sobre todo no tiene empacho, con una locuacidad sin complejos y un sentido de la respuesta extraordinario, en utilizar un lenguaje que el pueblo norteamericano entiende. Ha sabido encender la llama de la esperanza en los corazones de millones de ciudadanos de que si es elegido las cosas van a cambiar de verdad, y que esta vez vale la pena acudir a las urnas.

En lo concerniente a la política extranjera, Trump se ha entregado a una verdadera acusación contra las guerras que su país ha llevado a cabo en estas últimas décadas. Ha criticado la diplomacia norteamericana en Irak, Libia, Afganistán, Siria. Se ha atrevido a plantear un acercamiento con Putín, para luchar conjuntamente con Rusia contra los yihadistas. Está claro por qué es tan odiado y combatido entre los círculos de poder de los EEUU, al punto que no es descartable cualquier acción en su contra, incluso el asesinato. Hasta ahora, sus enemigos no se han privado de atacarlo de todas las maneras posibles. Los partidarios del Nuevo Orden Mundial pueden hacer cualquier cosa para eliminar a este aguafiestas, este verdadero agitador que está sembrado el desorden en sus criminales planes de dominación mundial. Las trampas que se han llevado a cabo contra Trump hacen predecir unas elecciones plagadas de irregularidades en favor de la candidata demócrata. Trump lo sabe y ha hecho saber que se reserva el derecho de impugnar los resultados de las próximas elecciones, tal es su desconfianza ante la deshonestidad de sus adversarios y los temores de un posible fraude electoral.

La victoria de Donald Trump trastocaría los grandes equilibrios mundiales, y sería un gran espaldarazo moral para los patriotas europeos: la primera potencia mundial tendría a su cabeza a un presidente soberanista, patriota e identitario. Veríamos en los EEUU el restablecimiento de fronteras inviolables, expulsiones masivas contra los enemigos del país, los obreros nuevamente dignificados y el final de la politiquería americana, cómplice de la invasión migratoria de Europa, es decir todo eso que los mundialistas, representados en la candidatura de Hillary Clinton, combaten con todas sus fuerzas desde Bruselas al igual que en los distintos Estados de la UE.

Deseamos, pues, la victoria de Donald Trump porque ésta significaría la puerta abierta a la posibilidad de que nuestros propios países se encaminen por el sendero de la soberanía, del patriotismo y la defensa de nuestros propios pueblos. O sea un giro de 180 grados respecto de la línea actual. Y si por desgracia, Trump no viera sus esfuerzos coronados por el éxito, entonces podremos decir que su derrota sería una catastrófe para la Humanidad. La política agresiva de la Clinton no hace presagiar otra cosa que caos y destrucción a escala planetaria. Todo ello al servicio de la causa islámica, a las órdenes de los que riegan abundantemente a la candidatura demócrata con una lluvia de petrodólares.

Sea lo que sea, pase lo que pase, les damos las gracias a Donald Trump, rendimos homenaje al formidable valor de este hombre, que desde hace un par de años se ha hecho el defensor de los temas que son los de los hombres de buena voluntad, con un talento y una audacia fuera de lo común. Aunque pierda, su combate servirá a la causa que defendemos millones de europeos, por la superviviencia de nuestra cultura y el futuro de las nuevas generaciones. Pero si gana, lo celebraremos como lo que creemos que significará esa victoria: el alba de una nueva época que nos puede traer algo más de paz, justicia y prosperidad a este mundo maltrecho y atormentado. Y le haremos un enorme corte de mangas a todos esos que conspiran y colaboran para traernos la miseria, el dolor y la muerte a nuestras vidas.

@yolandamorin

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