Por Yolanda Morín |

Publicado en La Tribuna del País Vasco

La victoria de Donald Trump ha sido como un huracán que se lo ha llevado todo por delante: las conjeturas de los sondeos y las previsiones de los expertos, la tranquilidad de las élites intelectuales y las certezas de los centros de negocios, la suficiencia de los políticos y la arrogancia de los medios. La fuerza del vendaval ha dejado al mundo sin aliento. Ha sido como un maremoto cuyas ondas de choque llegan hasta nuestras orillas. En todo Occidente los pueblos están en cólera. El Sistema había elegido no verlo, desde la victoria de Trump ya no puede ignorarlo.

Durante meses hemos oído a diario a los "especialistas" repetirnos incesantemente que el pueblo norteamericano no iba a poner su destino en mano de un payaso, de un bufón, de un histrión. La primera potencia mundial no iba a dejar las riendas del gobierno a las pulsiones populistas de un puñado de electores supuestamente racistas e incultos. Ese ha sido el estribillo con el que nos han querido engañar.

¿Estamos acaso ante una reacción "identitaria"? Posiblemente hay bastante de eso, pero ante todo los electores de Trump han querido expresar su cólera, su frustración, su decepción de vivir cada vez peor en un país que se está yendo al garete. Todos esos blancos, siempre burlados, ridiculizados y humillados por los medios, los intelectuales, los artistas y demás privilegiados del Sistema, ¿quién los ha mirado y escuchado sin prejuicios ni desprecio? Casi nadie entre los analistas con mando en plaza.

Esa nación sufriente e indignada, otrora rica por sus actividades industriales y hoy arrasada por el paro y la falta de perspectivas, esa América de los "guetos " blancos, orgullosa en otros tiempos de su prosperidad bien ganada, está hoy dolida por los privilegios acordados a las minorías, por las intrusiones moralizadoras de Washington y por la condescendencia de la mayoría de los grandes medios de comunicación. Para entender lo que está ocurriendo era necesario escuchar a esta gente. Trump lo ha hecho.

¿Cólera blanca? Sin duda alguna, es la alianza de la "middle class" y de las "poor white trash" lo que ha dado la victoria a Donald Trump. Pero no caigamos en la deformación ni en la caricatura: más de un 40% de las mujeres han votado a Trump, un tercio de los latinos y un 12% de los afroamericanos. No se trata, pues, exclusivamente de una respuesta "identitaria", se trata de la afirmación de una nación que ha querido expresar su cólera por vivir cada día peor en un país que se está rompiendo ante sus ojos.

Esa realidad, el país oficial no ha querido verla, al igual que en Europa, dónde no se quiere sacar las debidas lecciones de las señales anunciadoras de la gran conmoción que está en camino. ¿La ascensión imparable de Marine Le Pen? ¿La negativa de Viktor Orban de acoger a los famosos refugiados? ¿La aparición en toda Europa de movimientos y partidos opuestos a la inmigración masiva y la islamización? Esos son los los demonios de nuestro negro pasado que retornan: fascismo, racismo, nazismo, etc... Conocemos la cantinela. Con estas fórmulas, con estos exorcismos y demás pases mágicos se pretende resolver estas graves cuestiones, satanizando de paso a toda oposición de las políticas impuestas contra la voluntad de los pueblos.

Trump ha empleado las palabras prohibidas por el pensamiento políticamente correcto: protección, fronteras, identidad cultural, valores tradicionales, patría... Al no pertenecer a la casta dirigente, al no estar preso de ningún tabú, Trump ha sabido utilizar las palabras que expresan los sentimientos que los demás no querían nombrar.

Vivíamos en el tiempo de la "mundialización feliz" en que el comercio libre iba a aportar la prosperidad, el intercambio iba a abolir la política y el consumo iba a borrar las diferencias entre los hombres. Las fábricas que cierran, las desigualdades que aumentan, los antiguos modos de vida que se pierden, le han dado un golpe mortal. Con la elección de Donald Trump hemos entrado en el tiempo de la "mundialización inquieta".

Ha sido la derrota de lo políticamente correcto, esa policía de las palabras, de los comportamientos y del pensamiento, que en los EEUU han llegado a tener unas proporciones delirantes. Donald Trump ha hecho de la libertad de expresión uno de los puntos principales de su campaña.

Ha sido la derrota del multiculturalismo, esa nueva religión política que invierte el deber de integración, ya que obliga al que acoge a adaptarse a la "diversidad", y criminaliza al dueño de casa por pretender proteger su hogar de los intrusos. Las amonestaciones morales proferidas por una clase política soberbia y pérfida, voraz e insensible, incapaz de resolver los problemas de los pueblos, ya no valen nada. Sobre un fondo de paro galopante y de islam conquistador, de quiebra de los valores y de desmoralización general, la imposición multiculturalista (en EEUU tanto como en Europa), la entrega del país a intereses antinacionales y la relegación del verdadero pueblo norteamericano a una posición de subordinación e inferioridad, es sentida como una provocación.

Para el porvenir de los EEUU, el momento es decisivo. También lo es para nuestra vieja Europa, enfrentada a la misma rebelión popular, que debe encontrar urgentemente los medios para aplacarla si no quiere ver de norte a sur y de este a oeste, una ola de "trumpismo" arrasadora.

Pocas veces en la Historia el destino del mundo ha dependido como ahora de un solo hombre. Trump nos ha sido presentado hasta la saciedad como un bufón, pero nada nos dice que no vaya a ser un verdadero hombre de Estado. Su primer discurso ha sorprendido a más de uno, por el tono digno y conciliador del mismo. Nada está escrito, pero el optimismo es razonable, más aún, la esperanza está permitida. Decía Sofócles: "Es imposible conocer el alma, los sentimientos y el pensamiento de un hombre si no se le ha visto obrando en el poder y en la aplicación de las leyes".

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