La siesta española se ríe del sueño americano


Por Yolanda Morín | Publicado originalmente en MadridCode.com | 

Spain is different. El famoso eslogan del régimen pasado, expresión abreviada y precisa de la “excepción española”, viene a definir a España a través de una de sus características esenciales más genuinas y acrisoladas: su diferencia con los países de su entorno histórico y cultural.

Que España no es igual ni parecida, sino marcadamente distinta, es una afirmación que va más allá de una fórmula meramente propagandística político/turística: es una realidad tan cierta y verdadera como que en en este país hay más tontos que botellines de cerveza.

Desde hace algunos años, venimos asistiendo en Europa occidental, y hasta en su periferia (países eslavos o del este de Europa), al fortalecimiento de una corriente de oposición al sistema que nos gobierna, nos domina y nos oprime. Los pueblos europeos han salido de su letargo y han empezado a moverse bajo la presión de acontecimientos trascendentes que demandan una activa y urgente respuesta.

De norte a sur y de este a oeste, las sociedades se agitan, se movilizan, se organizan y actúan. En la mayoría de los países de Europa se asiste, con diferencias de formas y de intensidad, pero con similares motivaciones y objetivos, al surgimiento y expansión de un movimiento de verdadera oposición a las políticas oficiales de nuestros gobiernos, impuestas por Bruselas (que a su vez recibe órdenes de instancias superiores: Berlín, Washington, Soros y compañía, etc).

Este movimiento que recorre toda Europa se define a sí mismo como identitario, patriótico, nacionalista, y es etiquetado por el Sistema y sus voceros mediáticos como populista, de extrema derecha, fascista y hasta neonazi, para no perder la costumbre.

En todo caso, indiferente a la retórica hipócrita y cínica de la casta política y al ofensivo cacareo de sus medios de comunicación, el viento ha comenzado a cambiar de dirección. La escasa brisa purificadora de hasta hace poco se está convirtiendo en vigorosas ráfagas que anuncian el vendaval salutifero que se llevará la hojarasca de este mundo malsano, corrompido y moribundo.

Las frustraciones que hemos venido sufriendo y las ilusiones que hemos alimentado durante tiempo, de pronto se ven compensadas y confortadas por acontecimientos halagüeños, cargados de promesas a lo largo y ancho del continente, e incluso allende los mares. El reciente e inesperado triunfo de Donald Trump, con su cargamento de esperanzas e ilusiones que aporta consigo, ha venido a insuflar ánimos y optimismo al bando patriota de nuestras naciones. Los defensores del Nuevo Orden Mundial, las poderosas corporaciones enemigas de los pueblos y las culturas, los heraldos de la muerte y la destrucción, ven levantarse ante sus diabólicos planes cada día más y mayores obstáculos.

Los tiempos venideros nos dirán si nuestras ilusiones y esperanzas estaban justificadas o no. Nada está escrito, nada es seguro. La oligarquía, la casta política, el establishment, y sobre todo los que tiran de los hilos desde la sombra y entre los bastidores, han recibido un duro revés, pero están lejos de haber sido puestos fuera de combate. Entramos en una fase de tensiones, conflictos, conspiraciones, golpes bajos, maniobras subterráneas, lucha de tendencias, operaciones sucias… El poder y los recursos de esta hiperclase mundialista (de la cual las élites gobernantes sólo son los miembros entregados y diligentes del servicio doméstico de los que mandan de verdad) están intactos. Ha perdido una trascendente batalla, pero dará la guerra con todo el arsenal y las tropas de que dispone.

El escenario se polariza a marchas forzadas. A favor o en contra. En esta trinchera o en la de enfrente. Hay que elegir. Pronto no habrá lugar para los tibios, los indecisos, los calculadores. Entre dos trincheras enfrentadas sólo hay un campo de tiro, un terreno de combate, un no man´s land donde vencer o morir. El tiempo de los compromisos, la moderación, las dilaciones, los subterfugios y los equívocos se acaba.

En España, todo el arco político parlamentario, sacudido por un escalofrío, ha entrado en shock. La histeria anti Trump alcanza niveles de auténtica competencia entre los participantes de esta olimpiada. A la búsqueda de algún récord o alguna medalla los concursantes de este campeonato se superan unos a otros y todos a sí mismos. En esa carrera consistente en a ver quién sacude más y mejor al presidente electo (y de paso al pueblo que lo ha elegido), la incontinencia verbal de nuestros analistas y tertulianos se ha desbordado. Nuestros dirigentes, desde la derecha hasta la extrema izquierda, seguidos por el rebaño balante de una opinión dócil y sumisa, han roto aguas y nos han inundado con el flujo abundante de su marea dialéctica.

Desde la barra del bar de al lado a los despachos de la Moncloa y las escalinatas de la Zarzuela, un país entero, con sus representantes a la cabeza, se ha puesto a pontificar en voz alta y expresar su rechazo, su condena y su indignación por los resultados de marras. Los miembros y miembras de nuestra ínclita clase política, esa nefasta casta tan inepta y grotesca como desalmada y depredadora, han sentido, con su seguro instinto de pillos experimentados, como un negro presagio cernerse sobre el territorio amable y tranquilo de sus privilegios actuales. El terremoto al que acabamos de asistir puede resquebrajar los fundamentos sobre los que se asienta el sistema que los cobija y los alimenta tan generosa como inmerecidamente.

Las burlas y el desprecio al candidato republicano han cedido el paso a las críticas y los pronósticos apocalípticos ante las primeras medidas anunciadas y la designación de los miembros del próximo gobierno. Un clamor de indignación se eleva ya entre nuestros políticos de andar por casa y los opinadores profesionales contra la anunciada deportación de inmigrantes ilegales con antecedentes, por el perfil de los nuevos secretarios nombrados y por la proclamada voluntad de acercamiento a Rusia para acabar con el yihadismo en Siria y en otros escenarios.

En España, contrariamente a la mayoría de los países europeos, la victoria de Trump, más allá de la legítima alegría que nos provoca a muchos, no puede aportar ánimos y levantar la moral más que a algunos escasos grupos organizados y a una parte poco significativa aún de la población. España sigue en su estado hipnótico, en su modorra histórica, en su retraso multisecular. Y aun asi, convencida de estar en la vanguardia del progreso, la justicia y la elevación moral.

La humanidad puede estar en el umbral de una nueva era en las relaciones internacionales, camino de la resolución de graves crisis en curso y la prevención de futuros conflictos, tal vez ante un apaciguamiento general de las tensiones del mundo. España, mientras tanto, duerme o bosteza. La siesta española se ríe del sueño americano.

@yolandamorin

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