2016: balance de un año que empezó en Colonia y ha acabado en Berlín


Por Yolanda Couceiro Morín | Publicado originalmente en Madridcode

Tres acontecimientos han marcado el año que acabamos de despedir. Para sintetizarlo en una breve y telegráfica fórmula lo diremos así: Breixit, Trump y Berlín. Es decir, el referéndum sobre la salida o permanencia de Gran Bretaña en la UE, la elección de Donald Trump a la presidencia de los EEUU y el atentado islamista en un mercadillo de Navidad en Berlín que ha venido a cerrar el año 2016. Mencionamos Berlín por ser éste el último episodio de una serie de hechos similares, siendo el más sangriento de ellos el atentado de Niza el día de la fiesta nacional francesa (86 muertos y más de 400 heridos).

Pero Berlín no es más que el penúltimo nombre de la ofensiva islamista contra Europa, el más reciente capítulo de una larga serie que no estamos en puertas de ver acabarse. Dentro de pocas fechas asistiremos a un nuevo capítulo y tomará otro nombre, que a su vez será reemplazado por otro, y así durante mucho tiempo.

El Breixit y la elección de Trump han trastornado a las élites políticas y mediáticas, que siguen tratando todavía de entender lo que ha ocurrido. Estos resultados eran impensables e imposibles en la lógica del progresismo ambiente, y han sido calificados naturalmente de “vuelta atrás” en la marcha ascendente del mundo nuevo que debe surgir de las ruinas del que se busca destruir. El “viejo mundo” (nacionalista y reaccionario, es decir caduco para el pensamiento politicamente correcto) se resiste a morir. El Sistema ha entrado en pánico.

BREIXIT

El Breixit ha revelado de manera clara el prejuicio antidemocrático de la clase política dominante. Ésta ya no disimula su desafecto por el sufragio universal, tradicionalmente considerado la piedra angular de la democracia. Se habla de limitar o directamente de prescindir de la “vaca sagrada” del sufragio universal en según qué casos (cuando el Sistema no esté seguro de obtener el éxito). Como sucede que a veces el pueblo no vota como se espera de él en ciertos temas trascendentes, algunos se preguntan si no sería mejor dejar de consultarlo. Se escucha cada vez más a conspicuos comentaristas políticos a sueldo tratar al pueblo de idiotas analfabetos incapaces, según ellos, de entender nada de las grandes cuestiones de nuestro mundo, dirigidos por pasiones groseras y mediocres y excitado por demagogos cínicos y perversos.

Después del Breixit, los británicos están intentando restaurar su soberanía nacional, retomando en sus manos su destino. Ahora, las demás naciones de Europa deberán seguir su camino, y salir de la UE, ya que es imposible recuperar la soberanía sin echar a la basura un marco político contrario a sus intereses nacionales.

El hombre necesita raíces y fronteras, no para encerrarse en una urna de cristal, sino para tener un anclaje en el mundo, un punto de apoyo en la tormenta. Chesterton dice así: “Ulises no desea errar por el mundo. En realidad quiere regresar a su hogar”. Es la ley general. Salvo para algunos individuos con una vocación muy singular, el nomadismo no es la vocación natural del hombre, que desea sobre todo estar a gusto en su casa y ser dueño de su hogar.

Con ocasión del Breixit, pero también de la elección de Trump, se habla en estos días del retorno de las naciones. ¿Pero acaso se fueron alguna vez, habían realmente desaparecido? Puede que hubieran salido de la filosofía política y hasta de las ciencias sociales, pero en el mundo real, las naciones resisten de muchas maneras y se niegan a disolverse. No siempre se puede aplastar la realidad: ésta acaba por resurgir. Esa resistencia ha pasado de la protesta a la contraofensiva. Esta es la primera lección que hay que sacar de estos dos episodios.

El retorno de las naciones es el regreso de un principio de legitimidad negado por las élites mundialistas, que sin embargo es indispensable a la vida democrática. ¿Cómo puede haber un debate sobre el bien común si no hay un mundo común? Un mundo común es una historia compartida y una cultura que se inscribe en la continuidad histórica. Las naciones tienen una trayectoria propia, y no quieren ser reducidas al papel que la mundialización les tiene reservado. Hay en el mundo una gran diversidad de civilizaciones, de religiones, de pueblos y naciones que no se podrán hacer desaparecer en la químera de una comunidad política mundializada. Siempre habrá una diversidad de regímenes y cada pueblo se desarrollará de acuerdo a lo que podemos llamar su carácter profundo. Para un pueblo, la soberanía es una exigencia vital, y no puede ser desposeída de ella sin condenarse a la insignificancia histórica y a la inexistencia política.

Se está abriendo una brecha en el sistema ideológico dominante. ¿Qué intelectual serio (y sobre todo independiente) puede hoy en dia hacer el elogio de la “mundialización feliz”, sin desacreditarse definitivamente? Nadie medianamente conocedor de la situación del mundo y del hombre puede entusiasmarse por esa fantasía grotesca de la intercambiabilidad de los pueblos. Las naciones no se dejan deconstruir fácilmente: están enraizadas en la Historia, traducen tanto cultural como políticamente algunas invariantes antropológicas, como el deseo de pertenencia, la identidad grupal, la territorialidad…

Hay que revitalizar la soberanía y volver a dar poder al poder, que se ha dejado atar por demasiado tiempo por los jueces, la administración, las convenciones internacionales y lo políticamente correcto. Hay que volver a dar sustancia a la nación, a la comunidad política. Se trata también de restaurar los marcos políticos y antropológicos que permiten a las costumbres retomar sus derechos, a la cultura nacional de volver a ser la norma asimiladora que debe ser y asegurar las condiciones para que el patrimonio de nuestra civilización sea retransmitido. Hay que habitar el mundo como pueblo y reivindicar su derecho a la continuidad histórica.

TRUMP

El triunfo de Donald Trump es un acontecimiento de primera magnitud y sus consecuencias van a afectar tres ámbitos vitales, distintos pero complementarios: la mundialización, la inmigración masiva y el islamismo. Con Trump en la Casa Blanca, las relaciones con Rusia mejorarán y el riesgo de una escalada de tensión entre ambas naciones desaparecerá. Todo apunta a que estadounidenses y rusos van a aliarse, o cuanto menos cooperar entre sí, para arrancar las raíces del yihadismo en Medio Oriente y para extirpar sus metástasis cancerosas en Occidente. ¿Cuáles serán las consecuencias de estos cambios sobre el futuro inmediato de Europa? A partir de ahora, éste se presenta bajo otro ángulo. Los colaboracionistas del islam, los corruptos, los tibios, deberán alinearse sobre la cooperación ruso-norteamericana o desaparecer en el torbellino de los acontecimientos que están en camino.

El voto para Trump no sólo ha sido un voto de descontento, la expresión del hartazgo contra la élite gobernante estadounidense y sus fracasos manifiestos, tanto en el exterioro como, sobre todo, en el interior. Pero la candidatura del republicano se habría agotado si no hubiera tenido una dimensión programática: nacionalismo cultural y nacionalismo económico. Dicho de otra manera: crítica de la inmigración y proteccionismo económico. La carta de la inmigración le permitió avanzar en los sondeos. El proteccionismo económico le permitió movilizar el voto obrero y popular que se consideraba generalmente ganado a los democrátas.

Los EEUU son un imperio que empieza a tener dudas de sí mismo. El país empieza a reencontrarse como una nación histórica. Con Trump, los EEUU parecen renunciar por un tiempo al mesianismo que ha venido siendo su vocación desde sus inicios. El país quiere menos extenderse que defenderse. La América profunda se siente presa de nuevas angustias. De ahí que las pasadas elecciones han sido en realidad un gran referéndum antisistema. La desesperación de grandes categorías del electorado, apartadas de la vida política y marginadas del reparto, se ha convertido en una cólera feroz contra el establishment.

Trump es directo, sin pelos en la lengua, poco diplomático, maleducado, grosero incluso… Es en cierta manera una caricatura de lo anti políticamente correcto. No sólo ha sido un candidato transgresor, sino aparentemente torpe, vulgar, nada refinado. Pero paradójicamente, eso le ha servido para llegar al pueblo, harto de los rodeos, los engaños y las mojigaterías de unas élites que se ríen de él y lo trata como menor de edad. Cuánto más atacaban a Trump, más esas críticas le granjeaban las simpatías de los que se sienten despreciados por el Sistema, esos que la Clinton, en un momento de mezquindad y arrogancia trató de “deplorables”.

El estilo de Trump ha sido el correcto. Su carácter teatral y desmesurado ha sido capaz de contrarrestar la agresividad extrema del Sistema en contra suyo

Un hombre que desea permanecer respetable frente a aquellos que combate está condendo a perder la batalla o a contentarse de una oposición de fachada. La Historia no se escribe sobre un fondo musical de grandes almacenes ni con hombres tibios. Trump ha sabido canalizar esa dolorasa frustración y el sentimiento de impotencia general y encarnar la determinación y la resolución de cambiar las cosas. Trump es la esperanza de un cambio auténtico. Y eso no es poca cosa

ATENTADOS

Los atentados islamistas se han multipicado y banalizado durante el año pasado. Niza, Bruselas, Orlando, Berlín. Cada nuevo ataque es una carnicería, pero es una carnicería a la que parece que nos vamos acostumbrando. ¿Que sería un mes (pronto una semana) sin un atentado? Una anomalía. En el fondo de ellos mismos, muchos occidentales han aceptado la “normalidad” de esos atentados. Han interiorizado la presencia en sus vidas de la violencia islamista y no saben todavía qué consecuencias sacar de ello. Las habituales respuestas masivas consistentes en velas y ositos de peluche nos hablan de la incapacidad de grandes porciones de la población para entender que estamos en guerra. Y esa ignorancia es la que dificulta la decisión de querer ganar esa guerra contra el islamismo. La confusión nos impide luchar de manera efectiva contra ese enemigo. Los gobiernos y los medios a su servicio trabajan denodadamente en la tarea de engañar y adormecer a la opinión pública. Se llega al extremo tragicómico de hablar de “camiones que pierden el control”, vehículos que de pronto enloquecen y atropellan a los transeúntes. A eso se responde con coros callejeros entonando “We are the world, we are the children”.

La banalización de los atentados islamistas se inscribe en el marco de la agresión contra la civilizacion europea. Pero esta agresión presenta muchas caras y se expresa de múltiples maneras. El año 2016 comenzó con las violaciones masivas de Colonia y ha acabado en los asesinatos de Berlín. Las masivas agresiones sexuales de Colonia nos han recordado que existe una cosa que se llama choque de culturas y que el sometimiento de las mujeres representa una forma arcaica de toma de posesión de un territorio por unos invasores que se siente animados por un espíritu de conquista. Alrededor de estas brutales agresiones se ha elevado una espantosa negación: el Sistema ha hecho lo posible por esconder su significado político, el sentido real de esa aterradora caza humana que ha hecho retroceder a Europa a los inicios de la ferocidad prehistórica. Todo el arco político/mediático de la colaboración con la barbarie islámica se ha empleado a fondo para minimizar el crimen y tergiversar sobre estos bestiales hechos. Todos estos miserables cómplices del salvajismo de estos invasores se han deshonrado sin remedio.

LA AMENAZA ISLÁMICA


Hay que decir lo que clama al cielo: ante la agresión islamista, muchos son los que se niegan a llamar las cosas por su nombre. El sistema mediático desrealiza los atentados, los vacía de su significado politico. A cada atentado intenta imponer la versión del lobo solitario, del asesino perturbado, o del camión loco. Algunos medios se plantean incluso el no dar más los nombres de los terroristas, de esconder su origen, “para no dar alas a la islamofobia”, “para no alimentar el discurso del odio”. Se intenta negar el carácter islámista de esos atentados terroristas. Se habla de radicalismo violencia ciega, sin apuntar a la verdadera identidad de esa violencia. Se denuncian todas las religiones por igual, como si todas se confundieran en una misma patología global, en un intento de camuflar la que está en en origen de estas barbaridades. Porque que se sepa, cuando cometen sus fechorías, los terroristas gritan “¡Alá es grande!”, no “¡Santa María Madre de Dios ruega por nosotros pobres pecadores!” El discurso mediático deforma la realidad y nos impide pensar. Se clasifica como sucesos comunes hechos que si fueran interpretados correctamente darían un retrato mucho más cruel de la inseguridad que golpea a las sociedades europeas.

Occidente no sólo se opone a los principios del islam (e incluso al posmodernismo más decadente y enloquecido), sino que opone a esa cosmovisión retrógrada, (y a la postre antihumana) un arte de vivir, una manera de habitar el mundo, un concepto del hombre, de la naturaleza y del universo. No son solos unos principios abstractos los que ponemos ante el totalitarismo, sino nuestras patrias, una civilización, una memoria y unos ideales: un edificio único diametralmente opuesto al proyecto de la islamización en curso, radicalmente antagónico con esa cosmovisión oscurantista y retrógrada.

En vista de la multiplicación de los territorios ya conquistados en la práctica por el islam en Europa, vista la arrogancia y la agresividad crecientes del islam radical que pretende adueñarse del espacio público e introducirse en los mecanismos del poder para implantar su modelo de sociedad, podemos decir que la lucha apenas ha comenzado y que ésta sera larga y áspera.

LA RESPUESTA IDENTITARIA

La cuestión identitaria estará en el corazón de esa lucha, no podremos evitarlo, ya que esa cuestión define la vida de las naciones. Alrededor de la identidad se mueven y tendrán que resolverse muchos temas: inmigración, fronteras, Europa, el mundo externo, nuestro futuro y nuestro lugar en el concierto de las naciones… Algunos finjen no tomarse en serio la cuestión identitaria, o simplemente son incapaces, por limitación intelectual o pereza mental, de entenderla. Sin embargo a través de ella el individuo existe en el mundo y la sociedad, con ella el hombre es un animal político, sin ella es un animal a secas.

Los identitarios europeos deben aceptar una realidad penosa: la reconstrucción de nuestro mundo no será cosa de unos meses o unos pocos años, será una tarea de largo alcance, que posiblemente se extienda sobre varias generaciones. Esta reconstrucción rebasa el horizonte político a corto o mediano plazo. Pero eso no es motivo para no empezar a trabajar. Cada generación debe saber que sólo es un eslabón en la cadena de la larga historia de su pueblo. Por eso debe combatir en todo momento como si el porvenir de su país dependiera de él.

Es es el balance rápido y conciso que se puede establecer de este año pasado, en relación a nuestros intereses vitales, un año que empezó con las violaciones de Colonia y ha acabado con la masacre del Berlín.

Empezamos un nuevo año sin hacernos ilusiones exageradas, pero determinados a seguir luchando, desde la posición que a cada cual nos toca. La gravedad de la situación nos concita a la urgente toma de consciencia, a la lúcida comprensión de las cosas y a la enérgica voluntad de no rendirnos. “Sólo viven aquellos que luchan”.

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