Por Yolanda Couceiro Morin | En RamblaLibre |

Sí, ya sé que no queda nada bien que una mujer critique a otra, pero el caso lo exige, por decencia. Recientemente se ha celebrado la elección de Miss Helsinki 2017. La ganadora de esta edición del concurso anual ha sido la candidata de origen nigeriano Sephora Ikalaba.

Aun dejando de lado la pertinencia de admitir en un concurso de belleza en Finlandia a una africana, que obviamente no representa para nada a la mujer finlandesa, por no ser sus rasgos los típicos y esperados de la etnia local, el caso es que esta joven, y perdónenme, es fea con ganas. No entenderíamos, no el que haya ganado la corona, sino ni siquiera que pudiera haber pasado una primera criba, si no tuviéramos la seguridad de que aquí las condiciones físicas de la candidata no entraban en consideración. La obsesión por parecer lo más abierto, lo más acogedor, lo más tolerante y lo más antirracista posible, ha llevado a este extremo grotesco.

Este concurso no merece otro calificativo que el de fraude. Es un fraude porque en ningún caso un jurado que no estuviese aleccionado acerca del resultado deseado, hubiese elegido a esta joven como ganadora del certamen. Es un fraude para las demás concursantes, que se han visto discriminadas por motivos raciales. ¡En su propio país, y por un jurado compuesto, con toda seguridad, en su totalidad por finlandesas y finlandeses de pura cepa! Y es un fraude para el público que ha sido burlado por esta farsa de mal gusto.

El canon de belleza occidental, forma parte de nuestra identidad cultural. Implica una serie de rasgos estéticos (que a veces están presentes, en grados distintos, en pueblos que se encuentran fuera de la órbita europea: árabes, persas, turcos, indios…), fácilmente reconocibles en un marco cultural determinado: el nuestro. Es evidente que en este caso no se ha dado el premio atendiendo a consideraciones exclusivamente estéticas, sino por motivos raciales. Los criterios de elección han sido sometidos a factores ajenos al canon de belleza occidental. Se ha dado el premio por motivos basados en la raza de la candidata galardonada. La ganadora le debe su corona a la aplicación por el jurado de unos criterios ajenos a la esencia de estos certámenes, por pura corrección política, por manifiesta voluntad de discriminación positiva. La foto de esta singular “reina de la belleza”, difundida por todos los medios de comunicación y las redes sociales, es la perfecta metáfora de la nueva Europa que se está construyendo sobre las ruinas de la antigua.


Esta noticia no es tan frívola o intrascendente como parece, ya que ilustra de alguna manera un estado mental bastante extendido en Europa: una tendencia xenófila que impregna todos los ámbitos, una moda favorable a todo lo que contiene el sello de lo extranjero, la sistemática preferencia a todo lo que viene de fuera del universo europeo, la fascinación sin reservas hacia lo exótico, el homenaje acrítico a lo que está “enriquecido” con la marca de lo foráneo, en definitiva, la discriminación positiva que parece ser de rigor hacia lo extraño en esta Europa que no encuentra ya en sí misma las referencias auténticas de su personalidad y el orgullo de su inimitable singularidad.

La ganadora ha alcanzado el triunfo por ser negra. Nadie lo puede poner en duda. La chica no puede ser calificada de belleza, ni siquiera recurriendo al canon africano. Cualquiera puede hacer una búsqueda en YouTube y mirar los certámenes de belleza de ese país, y encontrará candidatas mucho más agraciadas que Miss Helsinki 2017. Un jurado de negros africanos nunca hubiera premiado a esta inesperada aspirante a ese título. En cierta manera, la elección de Sephora Ikalaba como Miss Helsinki tiene un antecedente de similar cuño en la elección de Barack Obama como Presidente de los EEUU: estos dos ejemplares han llegado a ser coronados como premio a su raza y color. Y el parecido es completo: ambos son un fraude, uno saliente y la otra entrante. Las demás candidatas se han presentado al concurso con el handicap de su “inferior” o “equivocada” pertenencia racial.

La presencia de una negra, además de facciones nada atractivas, no podía tener más que una finalidad: el ser declarada vencedora del concurso por ser lo que es. Como no puede haber sido elegida por sus méritos (belleza, elegancia, feminidad…), está claro que lo ha sido por otras razones: el ser de raza negra. Simplemente. Los jueces no estaban aquí para valorar la belleza de las candidatas, sino para celebrar un acto de exaltación del cambio de raza, de pueblo y de civilización de su país. Se comprueba una vez más esa regla que no admite excepciones: los que dicen combatir el racismo son en realidad los racistas más cínicos. El antirracismo es en realidad una palabra en clave para encubrir el racismo antiblanco. La voluntad de coronar a la nigeriana ha sido una decisión de corte político e ideológico, no necesariamente impuesto de antemano o dictado por intereses oscuros (pero no se puede descartar), sino fruto de ese anormal estado mental de preferencia hacia lo extraño, lo foráneo, lo ajeno: una especie de locura xenófila que no parece conocer límites. Una miss finlandesa de sangre no europea, de raza no blanca, permite a una sociedad ya tocada por el virus de la multicultura y la diversidad, de presumir de abierta, de tolerante y sobre todo de diversa. O sea decente y digna. Los finlandeses se han puesto una medalla: a eso se limita toda esta ceremonia.

Narcisismo, deseo de enaltecerse y ser admirados. Europa está enferma de vanidad y egolatría. Pero por encima del frívolo papanatismo de este tipo de anécdotas, los que han proyectado y diseñado el plan de nuestra destrucción se frotan las manos y nos mandan un mensaje a los europeos: estamos logrando nuestros propósitos, estamos avanzando sobre vuestra inconsciencia, nos estamos riendo en vuestras caras, os estamos manoseando a gusto, nos acercamos a la meta: vuestra total sumisión a nuestro dominio.

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