Las leyes democráticas no están adaptadas a la barbarie islamista

Por Yolanda Couceiro Morín | En La Tribuna del País Vasco |

"Gracias a vuestras leyes democráticas os invadiremos. Gracias a nuestras leyes religiosas os dominaremos". Palabras recogidas por al arzobispo de Esmirna Giuseppe Germano Bernardini, de boca de un líder musulmán, del cual no quiso decir su nombre.

"La democracia es como un tranvía. Lo cogemos para ir a donde queremos. Cuando llegamos a destino nos bajamos de él". Recep Tayyip Erdogan, presidente islamista de Turquía.

Todas las doctrinas políticas o religiosas predican, unas más y otras menos (al menos en el "discurso" oficial), la ayuda, el respeto, la solidaridad, la empatía y el amor por los demás. Sin embargo, apreciamos una excepción a esta regla general: el islam. Se podrá responder que entre los musulmanes hay de todo, que la mayoría no son gente animada por malos sentimientos u adeptos de prácticas reprobables en su vida diaria. Nadie en su sano juicio discutirá esa evidencia. Pero eso no cambia nada al hecho indiscutible de que la doctrina islámica está preñada de monstruos y que la aplicación rigurosa de sus principios más discutibles y "extremos" por sus discipulos más fanáticos ha generado una violencia y una destrucción innegables a lo largo de su historia. Lo estamos viendo a diario, en todos los escenarios del planeta donde el islamismo expansionista, agresivo y feroz está ensangrentando el mundo.

También se podrá decir que todas las demás religiones tienen sus extremistas y fanáticos. Eso es discutible en la medida en que los integristas de otras religiones no llaman en sus textos fundamentales al asesinato o la esclavitud de los que no piensan igual que ellos o de algunas categorías humanas consideradas malditas, como los judíos, los infieles, los homosexuales, los "idólatras", etc... Esto está escrito negro sobre blanco en el Corán, no vale la pena discutir eso. El rastro sangriento que ha dejado tras de si esta nefasta ideología llega hasta nuestros días y nuestras puertas.

Otras religiones pueden tener conceptos reprobables, controvertidos y opinables, pero ninguna llega al extremo de incitar al crimen y al exterminio de los demás, y se mantienen en un marco aparentemente civilizado, contrariamente a los seguidores del islam radical que practican alegremente el terrorismo y consideran lícitas todas las barbaridades que cometen, a menudo llevadas a cabo con una escenificación macabra e inhumana para la difusión propagandística de su sórdida y bestial ideología. Alimañas, escoria subhumana, basura zoológica... No hay palabras para describir la inmunda condición de estos monstruos.

El odio del islamista para todos los que no se le parecen, antes de pasar al asesinato por los más fanáticos de ellos, puede traducirse de muchas maneras distintas, siempre con agresividad u violencia. Es lo que experimentan muchos europeos en su vida diaria: esa sorda o manifiesta hostilidad que se expresa cada vez más en actos abiertamente agresivos, que van desde el navajazo por una mirada de reojo o por un cigarillo negado, la quema de coches o propiedades de "infieles", la violación de sus mujeres, el vandalismo constante... Confortados y apoyados por el laxismo de las autoridades y la simpatía de la progresía local, los islamistas que andan por nuestras calles afirman sus creencias sin cortapisas y predican sin temor su discurso de odio y su voluntad de conquista. ¿Por qué se iban a sentir intimidados u obligados a demostrar un mínimo de respeto por los países que los acojen, si en lugar de reprimirlos se les premia a menudo con prebendas y comodidades que por otra parte se les niegan a los ciudadanos autóctonos? Es ya un clásico el que entre los criminales islamistas se de el caso de que éstos reciben dinero y bienes de los servicios sociales de los países que odian y quieren destruir.

Europa y el mundo entero padecen una presión insostenible por parte de individuos y grupos de descerebrados sometidos a una doctrina de odio e incapaces de demostrar el menor sentimiento de humanidad, los seguidores cretinizados de unos textos escritos en el siglo VII en los pedregales de Arabia. Esa presión la padecemos constantemente, en forma de atentados, de ataques y agresiones de todo tipo, pero también a través de la reivindicación cada vez más exigente y arrogante por parte de organizaciones que se han implantando en nuestras sociedades al calor de nuestra inconsciente y suicida tolerancia, y también por medio de la inundación demográfica musulmana que experimentan nuestros países.

Esta situación nos exige una respuesta urgente. Debemos entender que nuestras leyes democráticas no están adaptadas a la realidad de la agresión multiforme que padecemos a manos del islam, y de la agresión recurrente de los islamistas, que está destinada a ir a más. Para contrarrestar esta nueva barbarie que nos ataca desde el interior mismo de nuestras sociedades habrá que adoptar un nuevo arsenal jurídico y legal adecuado a la situación. A grandes males, grandes remedios. En tiempos de guerra, medidas de guerra.

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