Los progresistas de pega


Por Yolanda Couceiro Morín | Publicado originalmente en MadridCode

¿Qué clase de izquierda es esa que agrede y agravia a diario, que humilla por sistema el sentido común y la decencia, que hace gala de una soberbia tan ridícula como insultante, que tiene por norma la difamación y la mentira, que practica constantemente la inversión acusatoria y de valores, que vive con la cabeza en el culo y el con culo en el corazón?

Estos izquierdistas son unos progresistas de pega, unos embaucadores profesionales, unos impostores descarados. Dicen querer un mundo más solidario, y no cesan de aprobar, y hasta de exigir, la injerencia de las potencias occidentales en los asuntos internos de los demás. Su humanismo de pacotilla se metamorfosea siempre en arrogancia neocolonial. Dicen luchar contra la pobreza, y son en realidad los mayores propagadores de la miseria. Para llevar la democracia por el mundo utilizan las virtudes pedagógicas de los B52. Defender los derechos humanos es para ellos bombardear países que no le han hecho nada. ¿Qué vale la compasión de estos hipócritas cuando están a favor del embargo contra cualquier país que se opone a los dictados de los amos del mundo? ¿Qué crédito darles a estos farsantes que no juran más que por la justicia y la solidaridad, y por otro lado privan de medicamentos a los sirios para castigarlos por apoyar a su gobierno? A estos progresista los vemos estos días en todo su esplendor llorando y berreando por las calles y en los platós por la derrota de Obama, el “principe de la paz”, que se va a casa a regar los geranios con el inédito récord de haber atacado a 7 países a un ritmo de 3 bombas por hora durante los 8 años de su mandato.

Son impostores de primera clase, les entregan armas a los fanáticos de la sharia en Siria y en otras partes, mientras dicen que en realidad los combaten. Son expertos en la transformación química de los cuerpos: convierten a los monstruosos terroristas del Bataclán en los “rebeldes moderados” de Alepo. Dicen detestar a estos degolladores cuando cometen sus barbaridades en casa, y sin embargo los apoyan y los arman en todo el mundo. Estos progresistas viven en una eterna luna de miel con los segadores de cabezas. ¿No dice acaso la inefable Carmena (prototipo del género izquierdista propuesto) que hay que mirarlos a los ojos para entenderlos, y en definitiva amarlos?

Esta gente tiene muy clara su oposición a la religión (la nuestra, por supuesto), pero se arrastran ante cualquier imán lleno de sangre, y le lamen las babuchas a todo barbudo con olor a pólvora. Para ellos, el cristianismo es el opio de Occidente, pero el islam es una fuente inagotable de paz, libertad y tolerancia.

Estos progresistas pretenden defender los intereses del pueblo, pero le niegan el derecho a pensar y a decidir por él mismo. En lugar de devolverle el poder usurpado por los poderosos, le imponen el yugo de una Unión Europea que mata el ejercicio democrático, entroniza el dogma monetarista y somete a los trabajadores a la ley implacable de las élites. En nombre de un internacionalismo descarriado se han convertido en los furrieles de las multinacionales que han colonizado Europa. Han malvendido la soberanía y desacreditado la idea nacional, tirándola a la cuneta y haciendo de ella la marca infamante de los “fascistas” y otros réprobos. La viciosa ideología del multiculturalismo y la frenética xenofilia de la izquierda los han alejado del natural patriotismo de quienes reivindican para su país el derecho de seguir su propio camino respetando a los demás. Sabemos que sin independencia nacional, la soberanía popular no es más que una comedia. Y a esa comedia están abonados estos farsantes.

Juran y perjuran, poniendo la mano sobre el corazón, que están a favor de la reducción de las desigualdades, pero se niegan sistemáticamente a tocar en lo más mínimo a las estructuras que las alimentan. Condenan verbalmente los efectos sin actuar nunca sobre las causas. Dicen que quieren repartir las riquezas, pero sin que ello suponga un perjuicio para los que las detienen. Se proclaman socialistas, de cualquier escuela o tendencia, y sin embargo acarician el capital, adulan la finanza y le hacen sonrisitas a los que poseen el dinero y la influencia.

¿Dónde están las propuestas de izquierda en sus programas? ¿Acaso piden la salida de la OTAN y de la Unión Europea? ¿Piden la nacionalización de los bancos, el impuesto a las actividades especulativas, la relocalización de las industrias, el desarrollo de los servicios públicos, el proteccionismo razonable, el control de los movimientos de capitales, la reforma de la fiscalidad y la erradicación de la corrupción, en una palabra: la abolición de los privilegios de la oligarquía financiera y política y el restablecimiento de la soberanía popular? Nadie medianamente lúcido se toma en serio esta izquierda, convertida en un espectáculo diario, en un esperpento vergonzoso, en una caricatura patética.

Esta izquierda de cartón piedra no se atreve a atacar a las estructuras de la dominación de las élites, por el contrario se somete a los poderosos y haciendo de servicio doméstico de unos amos que la tirarán al cubo de la basura a la primera ocasión. Se lo tendrá bien merecido y no lo lamentaremos.

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