El acoso y derribo del hombre: Una estrategia al servicio de la destrucción de la sociedad


Por Yolanda Couceiro Morin |

A cuento de la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que es el 8 de marzo, hemos visto numerosas convocatorias y contra-convocatorias, ya sea para pedir asistencia a alguna de las manifestaciones convocadas o sea para dar motivos para no ir a ninguna.

Hay opiniones y comentarios para todos los gustos. Desde los que afirman que en los sindicatos convocantes no hay ninguna mujer en los cargos directivos importantes, y por tanto, cualquier reivindicación por su parte es pura hipocresía, ya que piden puestos de responsabilidad o cuotas para mujeres sin cumplirlas ellos mismos, hasta los que afirman que estas mujeres no quieren igualdad con el hombre, sino dominio sobre él. Peticiones sobre igualdad de salarios a igualdad de trabajo (quien diga que no hay igualdad salarial, quizás lo mejor que puede hacer es aportar pruebas en un juzgado), hasta reivindicaciones de pésimo gusto y peor elegancia sobre el derecho a no depilarse (como si hubiera alguna ley que nos obligara a hacerlo a hacerlo) u otro tipo de cosas que por no faltar a la buena educación es preferible no mencionar aquí.

En realidad, esto es una parte más del trabajo de ingeniería social de las élites que gobiernan de verdad y que deciden las directrices a seguir tanto por los políticos como por los medios de comunicación, sean o no temas importantes o preocupantes. Si no existe el problema, se crea, y una vez creado, se machaca con él a la sociedad. Al final, todos acabarán creyendo que el problema existe. Todo esto tiene una finalidad única: el acoso y derribo del hombre… blanco.

Las elites comenzaron creando el problema del racismo. Un problema que no existía (ni realmente existe) en Europa Occidental, que acoge de manera suicida con los brazos abiertos, y muchas veces con ventajas muy sustanciosas, a gente de todas las razas de cualquier lugar del planeta. Pero había que acosar y acorralar al hombre blanco y dejarlo indefenso frente a las demás razas. Para ello se inventaron los delitos de “odio”. ¿Desde cuándo un sentimiento, sea odio, amor, envidia o generosidad puede ser un delito? En realidad, convertir las ideas o las palabras en delitos es lo propio de los regímenes totalitarios, no de las presuntas democracias de nuestra moribunda Europa.

En fin, las élites impusieron una única condición: racismo era siempre y solamente si se veía implicado un hombre de raza blanca, que por supuesto, sea víctima o agresor, siempre es racista, y siempre, sea cual sea el motivo de la agresión o su causa, debe aplicarse el agravante de racismo. Si te atracan por la calle y te defiendes, y tu agresor no es blanco, la/el racista eres tú por defenderte. Siempre se presupone racismo en el blanco, lo que conlleva un agravante penal. Lo de menos es la justicia verdadera, es decir, lo de menos es el motivo real de la disputa o la agresión física o verbal: si tú eres blanc@, eres racista y punto final. No tienes modo de defenderte ni de demostrar lo contrario: ya se encargan los medios y otros intereses en dejar bien claro que es así. Nada de presunción de inocencia: eres blanc@, no la tienes.

Por supuesto, hay muchos intereses de por medio para esto: las asociaciones antirracistas (que en realidad son antiblancas, nada más) se lucran con cada intervención “racista“. Muchas veces, ante cualquier ataque antiblanco, las redes sociales arden con preguntas del tipo “dónde están ahora los de la asociación tal o cual”, que por supuesto, callan como lo que son ante agresiones donde el blanco es la víctima. Por eso incluso se llegó a acuñar aquel lema de “antirracista es una palabra en clave para antiblanco”.

Pero después de todo esto ¿qué es lo que realmente queda? Pues un hombre blanco desprotegido, considerado siempre racista sin posibilidad de presunción de inocencia, y por tanto, condenado por tal agravante: un culpable a perpetuidad. Y esta situación la explotan muy bien los inmigrantes no blancos (debidamente asesorados por una legión de traidores a su pueblo): o entras al trapo de lo que quieren, o te acusan de racista. Si no les coges para un trabajo porque no responden a lo que buscas, te acusan de racista. Si no les dejas colarse en la tienda o el banco, te acusan de racista. Si te quejas del ruido y la mugre de tu portal, te acusan de racista. Y ya sabes que, si eres blanco, hombre o mujer, no puedes hacer nada más que dejarte condenar: nadie, ni el resto de los blancos, se pondrán de tu parte. Primera fase del acoso y derribo cumplida.

Pero ¿se podía perfeccionar este acoso de alguna manera? Si, dividiendo aún más a los blancos enfrentando a los hombres y las mujeres, sin motivo real. Adelante con la ingeniería social feminista. Si antes las mujeres reivindicábamos el derecho al voto, poder acceder a la Universidad o ejercer determinadas profesiones hasta ese entonces reservadas a los hombres (menos bajar a la mina o subirse a un andamio, por supuesto), hoy algunas, muchas, mujeres reivindican el derecho a ponerse en pelotas en una iglesia (nunca en una mezquita), o a no depilarse, como si fuera obligatorio hacerlo, o la igualdad de salarios, que ya existe en España (repito, si no es así, hay que acudir con pruebas -nóminas- a un juzgado, no salir a despelotarse, menstruar en las calles o cagar en los probadores de Zara), o cualquier otra cosa que se les ocurra.

Pero quedaba dar una vuelta de tuerca e inventar las leyes de género, igual que en el caso anterior se inventaron las leyes de odio. Las leyes de género suponen el súmmum de la indefensión: si usted es hombre, por el simple hecho de serlo, mirar a una mujer ya es acoso. Pronto, saludar a una mujer en el ascensor o en la calle será acoso. Según estas leyes, la violación no es ya ni siquiera un acto físico. Circula por las redes sociales un meme muy gracioso (pero quizás no tan gracioso, en vista de que pronto corresponderá a una situación real) que dice algo parecido a esto: “Se me ocurrió decirle “¡Hola!” a una feminista. El juicio es el martes”.

Las leyes de violencia de género excluyen al hombre como víctima: si una mujer agrede a un hombre, no es agresión de género, aunque la mujer le haya agredido por ser hombre. Pero si un hombre agrede a una mujer, siempre se considerará de género, incluso aunque no haya sido la intención del hombre al hacerlo. Se presentan situaciones surrealistas, como en el caso anterior: la mujer puede maltratar al hombre físicamente (se dan casos, aunque la prensa los suele tapar para no afear las estadísticas), pero no hay ningún tipo de agresión “de género”. Sin embargo, si un hombre mira a una mujer en un supermercado o en la calle, se puede encontrar con una denuncia por agresión “machista” (¡por “violación telepática”!).

No queda muy clara la diferencia entre agresión machista o violencia de género, porque ambas son totalmente absurdas. El maltratador, sea hombre o sea mujer, maltrata siempre, y siempre elige a los que considera más débiles, sea hombre o mujer. Además, al maltratador, sea hombre o sea mujer, no siempre escoge maltratar a su pareja (aunque sea lo más habitual quizás): hay muchos casos de padres maltratados por sus hijos, de hijos maltratados por sus padres (y al decir padres incluyo a madres, por supuesto). El maltrato no tiene género, aunque las estadísticas no cuadren.

Y no vamos entrar -porque da para otro artículo- en la absoluta esquizofrenia de quienes defienden a la mujer y a la vez a culturas donde la mujer, objetivamente, es tratada de manera inferior al hombre, donde incluso, llevando a su condición más extrema sus creencias, la mujer ni puede salir sola sin estar acompañada de un varón. No puedes defender una cosa y su contraria. Y eso es lo que hacen las feministas de última generación. La violencia hacia la mujer no desaparecerá imponiendo leyes que discriminan al hombre. La violencia sobre las mujeres no es la base de la cultura europea, pero sí resulta evidente en otras culturas que el feminismo se afana en recibir con los brazos abiertos.

Como en el caso del racismo, son numerosas las asociaciones que buscan lucrarse con estos hechos. No es la primera vez que leemos casos de denuncias falsas alentadas, si no promovidas, directamente, por asociaciones presuntamente feministas. Al hombre que es denunciado en falso le destrozan la vida. A la mujer que denuncia en falso no le sucede nada. Son las mismas asociaciones que salen a los medios a bombo y platillo ante cualquier agresión machista, supuesta o real, y que callan como lo que también son ante los hombres agredidos por sus parejas, o falsamente denunciados, aun sabiendo que le han destrozado la vida. Son las mismas asociaciones que reciben jugosas subvenciones para luchar contra la violencia “machista”.

Y de este modo hemos conseguido completar la fase segunda de acoso y derribo del hombre blanco: ninguneado y despreciado por su raza (curiosamente, por aquellos que dicen que las razas no existen) y ninguneado y despreciado por su sexo, que es culpable por definición. El hombre queda totalmente desprotegido e indefenso ante el ataque de un miembro de cualquier otra raza (aunque las razas no existen) y totalmente indefenso y desprotegido ante el ataque de una mujer de su propia raza (o de cualquier otra), a merced de inicuas leyes de odio o de género.

Por eso yo no me uno a estas celebraciones. Porque como mujer, creo que el hombre no es de entrada mi enemigo, ni mi opresor, ni mi verdugo. Porque pienso que igualdad no es superioridad, y que tan injusto es el acoso al hombre como la violencia contra la mujer. Las leyes de género en realidad no ayudan a la mujer maltratada, sino que condenan al hombre, incluso al inocente. Y la celebración del día de la mujer trabajadora, cuando se presenta de esta manera reivindicativa de superioridad, y no de verdadera igualdad, banaliza el verdadero maltrato, ese que no tiene sexo -que no género- ni edad, ese que elige a las víctimas por ser débiles, no por ser mujeres. La verdadera mujer trabajadora no es la que se despelota en las iglesias (nunca en mezquitas), pide el aborto libre o exige superioridad sobre el varón. La verdadera mujer trabajadora es la que no reniega de su condición de mujer y no la utiliza para obtener beneficios económicos, laborales o legales. La falacia de la sociedad heteropatriarcal opresora no deja de ser un experimento de ingeniería social. Conmigo que no cuenten.

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